Un directorio de miembros nace desactualizado. El día que se imprime ya hay alguien que cambió de puesto, de teléfono o de empresa. Directropoli le da la vuelta al problema: en lugar de que alguien mantenga el directorio, cada persona mantiene su propia ficha, y el directorio se actualiza solo.
El trabajo no era listar contactos. Era conseguir que la lista siguiera siendo cierta seis meses después, sin que nadie tuviera que mantenerla.
Un colegio profesional, una asociación, un coto privado o un gremio tienen todos el mismo problema: un padrón de miembros que alguien actualiza a mano hasta que deja de hacerlo. La versión digital habitual —una hoja de cálculo, un PDF que se reparte por correo— no arregla nada, solo cambia el soporte. Y el contacto sigue sin llegar a donde hace falta que llegue, que es la agenda del teléfono.
Uno lo mantiene cada persona. El otro lo gobierna quien lo creó.
Tu tarjeta de presentación digital: quién eres, a qué te dedicas y por dónde se te encuentra. La escribes una vez y es tuya, no del directorio.
Un grupo de fichas con una puerta: abierta al público o cerrada con solicitud. Cada quien puede pertenecer a tantos como quiera.
Tu ficha no se copia a cada directorio al que entras: se enlaza. Cambias de trabajo, la actualizas una vez, y toda tu red la ve al día en todos los directorios donde estés. Es una decisión del modelo de datos, y es la razón de que el directorio no envejezca.
No es una página que se visita: se añade a la pantalla de inicio, se abre a pantalla completa y tiene su icono. Sin tiendas de aplicaciones de por medio, sin descargas de cien megas y sin esperar a que nadie apruebe una actualización.
Cualquier ficha se descarga como contacto estándar y entra en la agenda del teléfono con su foto, su teléfono y sus redes. No es una captura de pantalla ni un PDF: es un contacto de verdad, que el móvil entiende sin ayuda.
Cuatro decisiones que parecen menores de lejos y que son la diferencia entre un directorio que se usa y otro que se abandona a las dos semanas.
La solución fácil es guardar los datos de cada persona dentro de cada directorio. Funciona el primer día y es exactamente lo que hace que un padrón envejezca: la misma persona, repetida en cinco sitios, desactualizándose en cinco velocidades distintas.
Los datos profesionales cuelgan del usuario, no de su pertenencia a un grupo. Pertenecer a un directorio es una relación, no una copia de los datos.
Un cambio de puesto o de teléfono se propaga por sí solo a todos los directorios donde esa persona esté, sin que nadie tenga que avisar a nadie.
Salir de un directorio retira tu ficha de ahí y no toca el resto. Tus datos no se quedan atrapados en el grupo que los mostró.
Quien administra decide quién entra; quién eres lo decides tú. Repartir así el trabajo es lo que hace que no recaiga en una sola persona hasta que se cansa.
El directorio deja de ser un documento que alguien mantiene y pasa a ser el reflejo de lo que cada quien mantiene de sí mismo.
En Android el navegador ofrece instalar la aplicación solo. En iOS no existe ese aviso: si nadie te lo explica, no descubres que se puede instalar. La mitad del mercado mexicano de gama alta se queda fuera por un detalle de navegador.
Como Safari no ofrece instalar, la aplicación lo explica ella misma: dónde está el menú de compartir y qué opción hay que tocar.
iOS exige una imagen de arranque por cada tamaño de pantalla. Están hechas para cinco modelos de iPhone, que es lo que separa una app instalada de una página con un icono.
Ocho resoluciones de icono, adaptables al recorte que cada sistema aplica. Sin eso, el icono sale borroso o recortado en la pantalla de inicio.
La aplicación lleva número de versión en su manifiesto, para que un cambio llegue a los aparatos que ya la tienen instalada.
Instalable en los dos sistemas, con el mismo esfuerzo del lado del usuario: tocar un botón.
Una tarjeta digital que solo se ve dentro de su aplicación no sirve de nada. Cuando alguien quiere llamarte, abre su agenda, no la aplicación donde te conoció.
La ficha se descarga en el formato que usan todas las agendas del mundo: Android, iPhone, Outlook y el gestor de contactos de Google.
No es un nombre suelto: el contacto llega con la imagen, el teléfono móvil y los enlaces a las redes, cada uno en su campo.
Cada ficha tiene su propia dirección con vista previa: se manda por WhatsApp o por correo y se ve bien antes de abrirla.
El teléfono se ofrece también como enlace directo a la conversación, con un mensaje inicial ya escrito. Es como se contacta a alguien en México.
La aplicación deja de ser el destino y pasa a ser el puente. Que es lo que debe ser.
Un colegio profesional quiere regalarles el directorio a sus colegiados. Un gremio quiere que cada quien pague su entrada. Son dos negocios distintos y el mismo producto tenía que servir para los dos.
La organización cubre el directorio completo y para sus miembros entrar es gratis. El modelo de una asociación que ofrece un servicio a los suyos.
Crear el directorio no cuesta nada y cada miembro paga su acceso. El modelo de una comunidad cerrada que se financia con quienes quieren pertenecer.
El tipo de cobro es una propiedad del directorio desde que nace, no un ajuste escondido. Quien lo crea sabe desde el principio qué está montando.
No hay dos versiones de la aplicación ni funciones reservadas: cambia quién paga, no lo que se recibe.
Una sola pieza de software cubriendo dos modelos de negocio opuestos, sin duplicar el producto.
Un proyecto pequeño también enseña de qué es capaz un equipo. Estas son las piezas que este producto pone sobre la mesa.
Directropoli no es un sistema empresarial de trescientas pantallas. Es un producto acotado que se levantó en un par de semanas y salió a producción funcionando. Lo publicamos porque esa también es una capacidad, y no la menos útil.
No todo problema necesita una plataforma. Saber cuándo la respuesta es una pieza pequeña y bien acabada le ahorra a un cliente meses y presupuesto.
No es una maqueta ni una prueba de concepto: está publicado, instalable y en uso, con su propio dominio y su despliegue automatizado.
Esta página salió de una revisión del código que escribimos, no de un folleto. Lo que no encontramos funcionando, no está aquí.
De la idea a una aplicación instalable, con su ficha, sus directorios y su modelo de cobro, en un par de semanas de trabajo.
Colegios profesionales, cámaras, asociaciones, condominios, franquicias. Si el directorio de los tuyos vive en una hoja de cálculo que ya nadie actualiza, hay una manera mejor y no es cara.